La libreria Lipsy, Las ediciones del crepusculos y Œdipe le Salon
"El deseo del psicoanalista a prueba de Don Quijote"
Edicion Bilingüe
Editions des crépuscules 2012
presentacion del libro por Philippe Beucké
Jueves 10 Mayo 2012

version francesa

Bella invitación nos lanzó Serge Sabinus hace unos meses. Rozarnos con una obra literaria, en este caso la de Cervantes, con la esperanza de aclarar qué es ese enigmático deseo, ese deseo x (ics), ese deseo del psicoanalista que está en juego en cada cura. ¿Cómo nosotros, lectores de letras, letras en suspenso, afectados, atravesados por la lectura de una obra literaria, de aquella que incansable nos lanza una llamada a la interpretación, nos encontramos entonces desplazados en nuestra práctica cotidiana, interrogados en lo más vivo de nuestro deseo?
El resultado de este paseo español está, a mi parecer, a la altura de nuestra espera. Es tanto más fácil para mí afirmarlo cuanto que, después de participar en las reuniones preparatorias, estuve ausente durante el encuentro en Alcalá por razones personales; acabo de descubrir la mayoría de los textos estos días pasados. Tengo mucho gusto en volver a Cervantes, esta noche, con ustedes, porque me parece que participo en un trabajo colectivo que dejara  inconcluso.
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A raíz de mi lectura me quedo pasmado por la unidad de conjunto que se desprende de estos textos. Una unidad que revela diferentes cuadros quijotescos y subraya lo eterno de una obra, porque el Caballero de la Triste Figura sigue vivo hoy día. Procuraré mostrárselo en algunos puntos. Dicho de paso, fue una bella idea haber puesto el texto de Ambrogio Galbati sobre las Meninas de Velázquez. ¿Cómo mirar, cómo ser mirado por un cuadro?
Unidad de este conjunto de textos que, si bien conserva cada uno su estilo, su planteamiento, se responden uno a otro en múltiples e incesantes movimientos. Correspondencia cierta entre los textos españoles y los textos franceses para cercar lo vivo de la escritura de la lalangue de Cervantes. Sin duda alguna fue un rico paseo para los autores, también lo es para el lector que circula de un texto teórico a una nota clínica, pasando por fantasías muy serias: ¡así Don Quijote interrogado por su hijo, quien fecuenta analistas y lee a Freud y a Lacan! ¡Así cierto bálsamo, no uno cualquiera, el bálsamo de Fierabrás, que surte poco efecto en el sujeto dividido, a pesar de lo  prometido!
Sorprende cómo estos textos nos libran de aquella melancolía que reina en el Escorial para, tras recorrer la Mancha, hacernos reír, sonreír, ser conmovidos por aquel Caballero y su fiel compañero. Finalmente podré leer a Cervantes, librándome, gracias a ustedes, de un aburrimiento que me habitaba durante las reuniones preparatorias.
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¿Qué lectura les puedo proponer hoy? Acaso recordarles algunos rasgos de Don Quijote, rasgos a los que no califican directamente, así basta con cargarse la lectura de Lacan como lo llevo varios decenios haciendo para señalar rasgos tocantes al estado de espíritu del noble Caballero.
Don Quijote es tan sólo un analizante que se ha vuelto célebre.
Ha cumplido los cincuenta, hace el balance de una vida que por cierto fue agradable, pero que le aburrió. Acceso de locura, capricho, decide armarse caballero y sale a vagabundear. Lo que sabemos de este viaje se parece mucho a un sueño despierto en un mundo encantado que le desencanta; un mundo de mucha fantasía en el que lo imaginario se lleva la mejor parte. Se nos hace fácil identificar su síntoma mayor: el rechazo de un mundo perdido, pasado, que le obliga, en cierta locura, a servir sus ideales algo delirantes. Desde luego no sabe jugar, tanto más cuanto que toma sus deseos por la realidad; piensa una interpretación del mundo que toma por la Verdad. Sin cesar intenta contar su historia, en un mundo totalmente fabricado por él en el que parece que “el decir y el hacer son todo uno”. Sale a explorar el “tierras adentro”, aquellas tierras del inconsciente que es la amplia “memoria del olvido”.
Está loco pero no pierde totalmente el norte, ya que logra llevarse consigo a su analista S. P. (¡Freud conoció y siguió, de manera muy particular, a otro S.P.!) No nos extrañemos de un analista que tanto se desplaza: primero porque el desplazamiento, sí sabemos lo que es, y luego, pensemos en Lacan que, al acabar el día, pedía a un analizante que le acompañara en coche a su restaurante de la calle de Tournon, o recibía para el control a unos analizantes en Guitrancourt, podando sus rozales durante la sesión. No sé si Don Quijote pasó los últimos años de su vida en la EFP asistiendo a los seminarios de Lacan, pero consiguió casi instaurar un proceso de pase. Aquí tienen a su analista S. P. que propone interpretaciones, escansiones y cortes que efectúa durante las sesiones cotidianas. Pero el analizante no se queda en esto; va a visitar sin duda a un amigo (la amistad está muy presente en tal asunto), un llamado Cervantes, y le intima a que dé fe de su cura escribiéndola. ¿Un escriba, aquel Cervantes? ¿Para un tribunal de admisión, pero cuál? ¿Acaso ustedes? ¡Todo esto no les sorprende! Uno de los autores, en una analogía entre loco y artista, incluso evoca los Relojes blandos de Dalí! ¡Dónde va a albergarse el tema del tiempo de las sesiones! Oigo que me replican: « Sí, por cierto, pero no es un análisis muy ortodoxo, el marco! ¿Qué estructura blanda? A ver, ¿qué hacemos cuando atendemos a grandes locos? Nos las apañamos para mantener lo mejor posible una libertad de pensar y hablar. Creo que S. P. se esfuerza con constancia, permitiendo que su analizante aguante golpes y palos, pero que avance y conozca los ardores del amor. Desde luego este viaje es infernal, tanto más cuanto que Don Quijote, con su imaginación delirante, intenta salirse por la tangente, pensando que la farmacopea bien podría sustituir la cháchara. ¡Ojalá pudiera recordar la receta de un bálsamo mágico! La olvidó, sólo le queda el nombre: el bálsamo de Fierabrás. ¿Qué bálsamo?
 “Es un bálsamo de quien tengo la receta en la memoria con el cual no hay que tener temor a la muerte ni hay que pensar morir de ferida alguna. Y ansí cuando le haga y te le dé no tienes más que hacer sino que cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer) bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo y con mucha sotileza antes que la sangre se hiele la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho y verásme quedar más sano que una manzana(1).”
¡Caramba! ¡Vaya bálsamo! Mas en resumidas cuentas ¿no es su análisis el de la melancolía ordinaria? Les estaba hablando del escriba Cervantes, el analista que escribe el relato de esta cura, no se equivoca apenas, al darnos una historia inaudita, increíble, tan trastornadora como un lapso emitido por el analista. S. P. ase el kairos, la ocasión, para proponer siempre una apertura a su analizante. Sin saberlo él, Don Quijote nos muestra cómo uno no debe ceder en su deseo, si bien renuncia a sus fantasmas de omnipotencia. Y S. P. también, desde su lugar. Don Quijote procura, gracias al analista desarmar las ilusiones que se forjó para regresar tan sólo a lo precario del natural. Dicho de otro modo: “hallar la razón de la sinrazón”; en este sentido, Don Quijote es un analizante muy freudiano.
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Otra pregunta: ¿Es Don Quijote un analizante en formación?
¿Tiene el designio secreto de ser a su vez analista? Desde luego, como acabo de presentárselo, su primera formación es su propia cura, con sus avances y sus topes. Pero también, no le basta con cargar con todos sus oropeles imaginarios, todos sus disfraces, sino que lleva ciertamente en sus equipajes algunos seminarios de Lacan. Si no, no es creíble. Rompiendo con un narcisismo descarado, puede confrontarse con el desconocido, el otro, en este caso, con la mujer. “Un caballero que sabe hablar a las Damas”, dicen ustedes, sí, pero antes de todo, “un caballero, enamorado, que sabe hablar de las Damas”. Y ahí, en mi opinión, leyó y volvió a leer el Seminario “Aún”. Prueba de ello, si fuera necesaria, es la conversación con su hijo Bernardo. (Especifico: el hijo interroga al padre sobre su vida y principalmente sobre su relación con las mujeres…)
 “Era Aldonza una joven aldeana como muchas, pero de niña, me había sonreído. El amor es un sentimiento raro, ya lo sabes, ella me había mirado, yo la creí hermosa y no insensible a lo que era yo. Durante años la llevé en lo más hondo de mi alma. Me quedé pasmado cuando, de mayor, fui rechazado. Peor aún, ella no me vio, transparente total, nada. Algunos incluso dicen que ni oyó hablar de mí, y menos aún de los impulsos de mi corazón […] Yo amaba a Aldonza desde siempre, lo he dicho ya, ella me había mirado y sonreído, era, pues, por derecho y por esencia, mi Dama, Dulcinea del Toboso, hermosa, inalcanzable, allá arriba en su torre, a quien debía conquistar sin fin por hazañas cada vez más innumerables y gloriosas […] Debía pues rechazar sin vacilar ni temblar las declaraciones (y los asaltos) de Altisidora por ejemplo, fidelidad obligatoria. Así evitaba yo el deseo de las mujeres, tanto el deseo que ellas me inspiraban como el que yo suscitaba en ellas. A salvo, tan tranquilo sin ellas… […] Yo lo habría dado todo por Dulcinea”.
Bernardo dice: “¿Entonces era realmente hermosa?”
Sí que era hermosa de verdad por ser inalcanzable, ideal para mí, como si fuera “La Mujer” y “que no existe” susurra Alonso (2).”
¡No me digan ahora que Don Quijote no conoce a Lacan!
Durante gran parte de su cura, por necesidad lógica, mantiene a raya al objeto femenino, tiende un velo donde había excesiva visibilidad, construyendo un lugar psíquico: “la instancia de la Dama”, el inaccesible objeto: Dulcinea del Toboso. Hermosas palabras les dirige a todas, sean rameras, labradoras, duquesas. De la idealización a la satanización se pasa muchas sesiones interrogando el amor, el deseo, el enigma de lo femenino, la vida, la muerte. Capturado él en un amor cortés y me complazco ahí en leerles la carta que le dirige:
Soberana y alta señora,
El ferido de punta de ausencia y llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme es esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura (3).
Hace existir a “La mujer”, la Mujer Toda. Pero a lo largo de su cura, plantea la realidad de la existencia de Dulcinea, para hacerla caer de este lugar de objeto sublimado. Consecuencia de esta caída, abandonará su nombre de escena. Ustedes me dirán que no cede en su deseo, confrontado, vacilante frente a las ansias del amor. ¿Sigue siendo su amor a la Dama un amor imposible? Un amor que no deja de no escribirse. ¿Es esto tan seguro? ¿No le permite la cura abrir los ojos para deshacer el engaño de este amor y anudar de otro modo su fantasía? En este punto las opiniones discrepan. Para algunos de ustedes el deseo amoroso cesa para él al acabar la cura (admitirán que tal desenlace señala el fallo) y se muere de melancolía. Para otros, ya que sabe dar un lugar al vacío, hace la elección del ser no-Todo.
Por cierto Cervantes se queda púdico respecto al destino amoroso de su pasante, con todo éste deja caer a su Dulcinea de un lugar todo, abandona el ser y, como lo señala un autor, “¿no estriba en esto lo extremo del amor, el más grande amor?” Capturado como está entonces entre el ser y el no-ser, entre el amor y el odio ausente que siempre está actuando en la vida de un hablaser, frente a la otredad. Pero Don Quijote se dejó atravesar durante su cura por la enseñanza de Lacan, pudiendo pensar que con lo imposible, otras dos modalidades lógicas se articulan. Y un autor cita a Lacan, en el seminario “Aún”:
“La contingencia la encarné en el cesa de no escribirse. Pues no hay allí más que encuentro, encuentro, en la pareja, de los síntomas, de los afectos, de todo cuanto en cada cual marca la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio de la relación sexual. […] El desplazamiento de la negación, del cesa de no escribirse al no cesa de escribirse, de contingencia a necesidad, éste es el punto de suspensión del que se ata todo amor (4).”
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Por fin me detendré sobre el pasador Cervantes que nos da a entender más de lo que esperaba.
Interpreta la cura de Don Quijote, la traduce, pero una traducción no es una traición. Don Quijote es el sueño del pasador Cervantes, un ideal que le hace escribir un texto inmortal. El pasador subraya hasta qué punto la locura del analizante Quijote permite significar que “las cosas no son lo que parecían ser”. Sin duda alguna, avezado a la lectura lacaniana, puede precisar que la locura es muy diferente de la psicosis, entendiendo cómo, al renunciar Don Quijote a “La Mujer”, puede por fin anudar de otro modo lo innombrable, la imagen (es decir el cuerpo), la palabra, gracias a su interpretación por el encantamiento.
Más tarde nos enteraremos de que, en la antesala de la muerte, Don Quijote, que habitaba de nuevo su cuerpo de otro modo, recobra el buen juicio y sale de la locura. Pero lo que subraya esta cura, es cómo Don Quijote consigue sostener una ética, mostrando cómo un sujeto puede operar con su deseo, con lo que lo causa. Confiesa a su analista S. P.: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.” Se siente libre de querer lo que desea y asumir las consecuencias.
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Ahí también sus opiniones tocantes a este fin de la cura discrepan. Unos piensan en términos de apuesta ética hecha, para otros el empeño del analizante Don Quijote en hacerse un nombre es notable: ¿hacerse un nombre al modo del sinthome? Es una pregunta que hago yo. Renuncia a su apellido de loco, vuelve a tomar el de Alonso Quijano. No habría podido (cito un autor) “hacer reconocer su deseo sino negándolo, verdadera transformación de la pulsión en su contrario […] No porque muere es por lo que abjura, muere de abjurar. Muere curado, va a pasar de la indestructibilidad a la inmortalidad (5).” No exageraba yo al decir que Don Quijote es un analizante que se volvió célebre a semejanza de algunos… ¡y de los animales que los nombraron! Para otros, muere feliz, pero no alegre, en el sentido de que ser feliz, la felicidad es posesión de un objeto que se cree ser “el objeto”,” lo que sólo conduce al miedo a perderlo”, mientras que la alegría “tiene como objeto al objeto ‘a’ […] que es un vacío de objeto que nos propulsa hacia delante y que, como toda búsqueda, nos procura alegría.”
Notan ustedes cuán válidas son todas sus lecturas. No puedo decidir, esperando simplemente que una discusión surgirá al finalizar esta presentación.
“Nunca estamos en casa, siempre estamos más allá.” (Montaigne)
Don Quijote está fuera de casa, fuera de sí. Cae una y otra vez para, en una caída decisiva, dejando a Edipo y a Don Juan, “no ceder en su deseo, deseo que no cede. No cede en la palabra- ceder en su honor, sí, pero no en su palabra.” Y el autor señala que es esta renuncia la que permite no equivocarse de muerte, “no ceder en su deseo es con la condición de renunciar a él.(6)” No es ésta una opción moral, es una necesidad: lo que está en juego, es el entre-dos-muertes, la puesta en juego del cuerpo. ¡Nada menos que eso!
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¿Cabe concebir, entonces, al analista como Hidalgo o como galeote?
Si hay que pagar la libra de carne para levantar los espejismos que vuelven loco, incumbe al analista sostener su actuar. “El deseo de analista es lo que padezco”, mantiene este autor. De paso, ahí hay un matiz sutil, que percibo al escribir este texto, entre “deseo del analista” y “deseo de analista”. Entonces, el analista ¿Hidalgo? Especialista en semblantes, lucido y gallardo en el aparentar (estoy pensando en la lectura que hizo Lacan de Baltasar Gracián). Sí, fingir asombro, impaciencia, enfado, irritación, incluso hacerse el tonto, no con la intención de engañar al analizante, sino con la de señalarle algo importante, ¿no es eso lo que hace S.P.? Posición de semblante que evita, como señala el autor, y eso es deseable, otros semblantes: engaños imaginarios, de una promoción en una jerarquía de escuela. Entonces, ¿galeote?... Aunque breguemos, aunque nos afanemos en la playa demasiadas veces, ¡que no! Sin considerar el psicoanálisis como sinthome, por lo demás “pensamos que lo que nos mantiene ahí es el deseo de analista, u, deseo un tanto particular porque no se enreda en las aspas de los molinos del fantasma. Este deseo de analista tiene en común con el deseo “normal” que suele aparecer  bajo la forma de lo que uno no quiere […] Y eso porque el deseo es enemigo del confort […(7)”.
Acabaré diciendo que el analista,  siguiéndole los pasos a Don Quijote, ha de ser un héroe que dirige la cura, una sesión tras otra, en este nomadismo que es la transferencia.
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Ésta es mi lectura de sus lecturas del pase de Don Quijote con el pasador Cervantes. Poco he hablado del analista S. P. Silencio mío que señala la caída del “sujeto supuesto al saber”; que el analista tiene que caer, que su nombre llegue a ser ¡tan sólo un nombre común, cualquiera! Pero hoy aquel nombre de analista sería el suyo, de todos y todas ustedes, que nos dan un trabajo tan bello, tan rico, tan divertido, sensible, sencillo. ¡Muchas gracias, me he divertido mucho!

Librairie Lipsy, París, 10 de mayo de 2012

Traducción : Annie Chambaut

(1). Œdipe à Alcala Edipo en Alcalá, éditions des crépuscules, Paris, 2012, 240.
(2). Ibíd., 70.
(3). Ibíd., 258.
(4). Ibíd., 262.
(5). Ibíd., 148.
(6). Ibíd., 120.
(7). Ibíd., 160.

 

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